A marcha do silêncio, realizada ontem a noite em Buenos
Aires sob forte chuva, reuniu 400 mil pessoas, segundo cálculos da própria
polícia do governo Kirchner, o grande vilão da noite. Vieram pessoas de toda a
Argentina. Ao lado de gente comum, a passeata e a concentração reuniram também
políticos, artistas, intelectuais e empresários. Trata-se de um novo protesto
contra a presidente Christina Kirchner, agora indiciada formalmente como
responsável pelo acobertamento do atentado terrorista praticado pelo governo do
Irâ contra a sede da Amia, Buenos Aires, que resutou na morte de dezenas de
judeus. Os protestos ganharam corpo depois do assassinato do promotor Alberto
Nisman, que investigou o caso e produziu a denúncia finalmente aceita pela
Justiça. Os argentinos estão convencidos de que Nisman foi assassinado a mando
ou sob a cobertura do governo Kirchner.
. Vale a pena ler a opinião a sguir, publicada hoje pelo
jornal Clarin, o mais importante da Argentina, sobre os atos de ontem a noite. Vai
em espanhol, no original. Use a ferramenta de tradução deste site para entender
melhor.
Fue un acto político profundamente democrático
Por Graciela Fernández Meijide (Ex secretaria de la
CONADEP)
Marché ayer porque creo que cuando la tragedia se nos
impone e instala la pena y el temor entre nosotros con un hecho de la dimensión
de un magnicidio, es natural que nos unamos para soportar, acompañados, un
hecho que, desde que recuperamos la democracia, descontábamos que no resurgiría
entre nosotros.
Caminé para expresar mi respeto por Alberto Nisman, un
hombre de la justicia que ejerció su tarea pública tal y como creyó que se lo
ordenaba su función. Estuve ahí porque quise acompañar a su familia en su
estupor, en su dolor, en su duelo y en su legítimo reclamo de saber la verdad.
Cuando se ve al Estado lejano, ausente; cuando prima
entre nosotros la convicción de la ineficacia de las instituciones que deben
atender nuestras necesidades y están obligadas a garantizar nuestros derechos.
Cuando vemos azorados a funcionarios que fingen mirar para otro lado mientras
montan maniobras de distracción. Cuando contemplamos que desde las más altas
investiduras, con gélida actitud, no se emite ni una palabra de solidaridad con
quienes lloran la pérdida de Nisman. Cuando se utiliza con impudicia cualquier
recurso para atemorizar y disuadir la asistencia a una movilización que
perciben “peligrosa”, cuando todos sentimos que se traspasó una raya, creo que
no debería sorprender que gente, que seguramente no comparte sus elecciones
político partidarias o religiosas, se mueva codo con codo para exigir que ni la
muerte del ex fiscal ni la voladura de la Amia queden irresueltas o atrapadas
para siempre en la lentitud de la justicia.
Soy consciente de que cada uno de los que caminamos
teníamos en mente decenas de diferentes reclamos cotidianos. Sin embargo,
marchamos en silencio, sin gritos, sin pancartas, sin identificaciones
partidarias porque con esa consigna fuimos convocados. Caminé todas las cuadras
del trayecto desde el Congreso de la Nación hasta la Plaza de Mayo con mis
amigos del Club Político Argentino sin asustarme de que se me acusara de “hacer
política”. Siempre que nos reunimos en una concentración, producimos una acción
política. Solo quien actúa de mala fe, dirá que asistiendo a la marcha del 18-F
se conspira con intención golpista. Sólo una mente afiebrada podría especular
con la posibilidad de que la Presidente Cristina Fernández de Kirchner termine
anticipadamente su mandato. Ya aprendimos que cada vez que un gobierno legal y
legítimo llegó a su fin antes de término, víctima de un golpe militar o de una
crisis económica o política, el país retrocedió: sus instituciones se
debilitaron, la fisura social se profundizó y un gran número de personas
terminó ingresando al mundo de los no integrados. Sepan aquellos que hasta hoy
pretendieron hacernos desistir de estar presentes el 18-F en la Avenida de Mayo
que desde hace mucho somos conscientes de que la consigna “cuanto peor mejor”
contribuyó a desencadenar la tragedia de los años 70 durante la cual perdimos
todos sin diferencias: nosotros y ellos. Por fin, teníamos derecho a reclamar a
las máximas autoridades nacionales y de la Ciudad que garantizaran que todo el
recorrido terminara en paz. Y así fue. Esto me anima a pensar que tal vez,
algún día- deseo tanto que no esté lejano- podamos hacer que fluya el diálogo
sin distinción entre ellos y nosotros. Creo que se puede.